Leía hoy en Bitelia una entrada acerca de que el 8% de las empresas de EE.UU. han despedido trabajadores por "mal comportamiento en redes sociales". Claro, como bien apunta Ceci Saia en su artículo, en principio es posible argumentar que Twitter, Facebook o Foursquare (por decir algunos ejemplos) son parte de nuestra actividad personal, por lo que deberían alejarse de nuestra investidura laboral.

El problema es que la línea entre la esfera pública y la privada es cada vez más y más delgada. ¿Hasta dónde llega el límite? ¿Qué podemos decir en las redes sociales? Claro, tenemos la facultad de publicar cualquier opinión, pero responsabilizándonos de las consecuencias. La duda es hasta qué punto la empresa en la que laboramos tiene la facultad de castigarnos -e incluso despedirnos- por nuestra actividad en Internet. ¿Deben las compañías regular lo que su empleado dice en una red social, aún si es su cuenta personal?

Estoy completamente de acuerdo en que se tomen acciones contra el trabajador cuando trata de pasarse de listo. Son numerosos los casos en los que las redes sociales funcionan como delatores, deshaciendo las coartadas y exhibiendo las mentiras. Ahí está el caso de la mujer a la que se le retiró apoyo financiero por enfermedad cuando fue descubierta en la playa por sus fotos de Facebook. Ahí es un problema de discreción, de irresposabilidad del usuario, quien se exhibe (y a veces, hasta se pavonea) por haber burlado la seguridad laboral.

Un caso controversial es cuando se revela información sensible de una empresa. El valor más preciado de cualquier compañía es su infomación interna, y las redes sociales se convierten en verdaderos aparadores. Sea por inocencia o por malicia, algunos empleados suelen ventilar este tipo de secretos corporativos. Imaginemos, por ejemplo, que alguien sube que tal prototipo de la empresa está por salir, o que cierta persona está por ser despedida. Datos que para el empleado son cotidianos -incluso, como bromas locales- pueden causar daños de imagen o plagio a una compañía. No en balde, muchos códigos de ética incluyen apartados que buscan prohibir cualquier filtrado de datos, por mínimo que sea. Puede ser, incluso, que la corporación esté ocultando algo. Muchos periodistas avispados han conseguido hacerse de información sólo con observar las cuentas de los empleados. Una fotografía en Facebook, un comentario de Twitter... basta un chispazo para encender la mecha.

Pero, ¿qué ocurre si pensamos diferente que nuestros jefes? En ese caso, estoy completamente en desacuerdo con las represalias. Imaginen que reciba un regaño aquí sólo por decir que nunca he visto un episodio de Lost. Ninguna empresa debe coartar la libertar de disentir, de no estar de acuerdo, de pensar y creer lo que a cada quien le venga en gana. Claro, esto no implica que podamos despotricar a diestra y siniestra, sino que lo que compartamos a título personal debe quedarse ahí, como nuestra opinión. Por supuesto que es díficil, porque las empresas nos hacen ver que somos una representación de ellos, aún en nuestra vida privada.

Al final, resulta imposible disociar nuestra parte privada de la laboral, porque ambas se traslapan y se complementan. ¿Cómo no hablar del trabajo en las redes sociales, si para muchos, representa la cuarta o tercera parte de nuestro día? ¿Cómo no compartir lo que ocurre en la oficina, si es un espacio eminentemente social? ¿Dónde se traza la línea? La respuesta es sencilla: nunca expreses en Internet algo no te atreverías a afirmar cara a cara. Es la solución más simple.

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