Les esctoy escribiendo desde el restaurante de un hotel, cubriendo el HP Institute en Acapulco - muchas novedades, pero ya hablaré de ellas a su tiempo. El artículo me ha pillado en pleno desayuno, y he debido mover los platos para hacerle hueco al ordenador. Sí, como muchos de ustedes, el que suscribe tiene la fea manía de consumir alimentos frente a su computadora.

El pretexto que siempre utilizo es la falta de tiempo. Pero siendo sincero, es un acto que se me ha hecho costumbre. La tecnología ha modificado sustancialmente nuestros hábitos alimenticios. Empecemos por la cocina, recinto donde es ya impensable la gastronomía sin la ayuda de aparatos. Somos incapaces de preparar algo más complejo que un emparedado sin el apoyo de electrodomésticos. El microondas pasó de ser una supuesta bomba cancerígena a convertirse en el aliado de la cocina rápida. La comida dejó de parecerlo: paquetes deshidratados y sopas plásticas complementan la pirámide nutricional del geek promedio. Muchas veces la tecnología despoja a la gastronomía de su parte artística para convertirla en mera técnica. Es cuestión de ahorro y practicidad: el tiempo de preparación de un alimento es tiempo perdido.

El consumo alimenticio también es presa de un cambio tecnológico. Durante mucho tiempo, comer sin la presencia del televisor fue casi equiparable a comer solo. Ahora, la computadora se ha convertido en otro acompañante del comensal. El acto de alimentarse y trabajar simultáneamente responde a una necesidad de un uso óptimo del tiempo, aún bajo el riesgo de colar migajas en el teclado o derramar líquidos en el ordenador (¡si lo sabrá mi computadora!).

Estos cambios afectan directamente a la industria alimenticia: hoy en día es de lo más común hallar restaurantes que ofrecen servicios de conexión inalámbrica. Ya no es necesario llevar la comida al área de trabajo; basta con mover la computadora hacia el lugar donde almorzamos. Mención aparte merecen las cafeterías. Es cada vez más común encontrar gente clavada en el monitor mientras degusta una taza de café. El diálogo ameno se sustituye por el ensimismamiento computacional. Este tipo de establecimientos se ha convertido en un santuario para los usuarios de computadoras portátiles.

Aunque comer frente al ordenador parezca de pésimo gusto, tiene un trasfondo peculiar: la necesidad de familiarizarnos con la tecnología nos ha llevado a compartir con ésta la actividad social por excelencia. Desafortunadamente, se despoja al acto de comer de su facultad comunitaria, de su potencial como asociador y conciliador, con la finalidad de ganarle tiempo y espacio a lo laboral. Esta alienación es el precio que hay que pagar por permitir que la computadora se siente con nosotros en la mesa. Ahora disculpen, estimados lectores, que cierre tan abruptamente la entrada, pero apagaré la laptop un momento para socializar un rato con los colegas en torno a un café.