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Víctor R. Ruiz nos da su completa visión sobre el #manifiesto

Por 22/12/09 - 09:30

victorrruiz

La semana pasada empezamos en esta casa una tanda de entrevistas a varios profesionales y expertos de Internet para seguir ahondando en el tema del #manifiesto y todo lo que le rodea. Los primeros en salir a la palestra fueron Mario Tascón y José Cervera y esta semana os traigo las reflexiones de Víctor R. Ruiz.

Víctor es un “perro viejo” de la red especializado en tecnologías web, blogs y software libre. Desde el 2004 mantiene su blog personal Linotipo, también es el artífice de Blogalia, editor de Barrapunto y ha participado en diversos foros de alto nivel que no voy a nombrar porque si no me extendería demasiado.

Sin más dilación y hechas las presentaciones de rigor paso a la entrevista en sí, que es bastante extensa a la par que de mucha calidad, así que leerla con calma porque merece la pena:

¿Cual es tu opinión sobre el manifiesto “En defensa de las libertades fundamentales de internet” y toda la campaña que hemos visto estos días en la red contra la disposición primera del Anteproyecto de la Ley de Economía Sostenible?

El manifiesto "En defensa de los derechos fundamentales de Internet" es en parte heredero de la campaña que en 2002 Kriptópolis y la Asociación de Internautas organizaron contra de la Ley de Servicios de la Sociedad de la Información, promovida por el Partido Popular que en aquel entonces gobernaba. La LSSI también preveía un órgano administrativo competente para el cierre de sitios web. En aquel entonces, también hubo un gran revuelo en la comunidad internauta española y el PSOE se posicionó en su contra. En 2007, la Plataforma "Todos contra el canon" entregó al Ministerio de Cultura 1.300.000 firmas contra el canon digital. No es de extrañar, pues, que el manifiesto recorriera los blogs y sitios españoles en pocas horas.

Durante estos años, muchos medios de comunicación (participados por grupos con intereses en las industrias de la televisión, discográficas y cine) han venido realizando una campaña en contra de las descargas "ilegales". La Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) ha sido fuente incesante de polémicas por su política de recaudación y crítica a los usuarios de P2P, posición compartida por muchos de esos medios de comunicación tradicionales. Una diferencia entre 2002 y 2009 es que ahora el 50% de la población española accede regularmente a Internet. Como consecuencia, se han popularizado los agregadores, los blogs y las redes sociales como fuentes de información, debate y opinión, al margen de los medios de comunicación tradicionales. Pero lo ocurrido esta semana tampoco se explicaría por completo sin reconocer la creciente escucha activa en Internet de las administraciones públicas, que por fin ven más allá de los medios de comunicación.

El espíritu del manifiesto refleja un sentir de buena parte de la sociedad española que asume que compartir contenidos en Internet no es éticamente reprobable si no hay ánimo de lucro. Legislar en contra de esta opinión generalizada parece que podría tener coste político.

¿Por donde tendrían que ir encaminados los siguientes pasos de los ciudadanos en cuanto a propiedad intelectual, descargar en internet y neutralidad de la misma?

Las industrias que hoy están en crisis, o tienen conflicto de intereses con el funcionamiento de la Red, son muchas y tienen gran capacidad de presión política. Sería caricaturizar el problema si redujéramos la cuestión a que la SGAE solo quiere cerrar sitios de descargas con ánimo comercial.

Mi opinión es que los grupos de músicos que se han manifestado en contra de las descargas "ilegales" son los instrumentos de una orquesta de multinacionales. Los verdaderos intérpretes de esta sinfonía contra la neutralidad de la Red son empresas multinacionales con intereses en una variedad de sectores. Los verdaderos intérpretes poseen despachos de abogados en las principales capitales políticas del mundo, como Washington y Estrasburgo, y presionan a los políticos (que deberían representar los intereses públicos) para ilegalizar las descargas, al precio que sea. Esta orquesta global está compuesta de discográficas y distribuidoras cinematográficas, pero poco a poco se van sumando otras industrias que también se ven superadas por los nuevos usos y costumbres: las editoriales, la televisión o la prensa. Las noticias sobre el tratado "Anti-Counterfeiting Trade Agreement", cuyas negociaciones se están llevando en secreto por "seguridad nacional" no son halagüeñas con respecto a los propósitos de estas multinacionales. Uno de los "músicos" que se entrevistó la hace unas semanas con el Ministro de Industria, a favor de la cultura, fue el Presidente de Sony Music España. Sony, además de discográfica, es una productora y distribuidora de cine, de televisión, de aparatos electrónicos y videojuegos. Sony creó el Walkman de casete pero en cambio le dio la espalda al MP3 y apoyó su propio formato de música para impedir la copia. Dejó las puertas abiertas para que Apple con el iPod e iTunes le arrebatara su posición de ventaja.

Es de esperar que toda esta red de intereses no se quede de brazos cruzados y que sus esfuerzos sean más intensos cuanto más les supere la tecnología, cuanto más vean amenazadas sus cuentas de resultados o cuanto menor sea su influencia. Las voces de estos grupos se escuchan alto y claro en los despachos de los parlamentarios de todo el mundo y tienen una gran capacidad de disuasión. Hasta ahora, en EEUU las grandes empresas han impuesto sus pretensiones sin rubor. Lo estamos viendo en la iniciativa de Hillary Clinton y Barack Obama por establecer un sistema de seguridad social más o menos universal. La iniciativa mercantil es para los estadounidenses una de sus señas de identidad, y prefieren mantenerla a costa incluso de potenciales beneficios comunes (como la seguridad social o un buen sistema educativo universal y gratuito). No se explican de otra forma leyes como la "Digital Millennium Copyright Act" y las extensiones de los derechos de propiedad intelectual, legislaciones que algunas multinacionales pretenden instalar en todo el mundo. En EEUU, Obama ha logrado convencer a una parte del electorado que hay que poner límites a estos grupos de presión: habrá que ver si también convence a los legisladores.

Afortunadamente, en Europa somos más propensos al beneficio común por encima de la iniciativa mercantil. El Parlamento Europeo ha demostrado altura de miras al oponerse repetidamente, por ejemplo, a las patentes de software y a incluir la ley de los tres avisos en el Paquete Telecom. Con apoyo popular (que no populista, sino con el respaldo de argumentos sólidos y convincentes), su trabajo de oposición a estos grupos de presión internacionales será más sencillo. Por tanto, los ciudadanos debemos dejar claro a la clase política qué opinamos y dónde ponemos la línea roja, para que puedan actuar en consecuencia. Piensa global, actúa local.

Tendremos que estar muy atentos porque ya sabemos que la opinión de los internautas no va a tener un reflejo adecuado en los medios de comunicación tradicionales, que han sido el principal termómetro de la opinión pública para los políticos. A pesar de lo que aparentan, en este caso, los medios actúan como juez y parte.

Las entidades de gestión se proclaman siempre como los grandes defensores de la cultura, pero ¿qué aportan al panorama cultural español? ¿son perjudiciales o beneficiosas?

La Sociedad General de Autores de España se funda en 1899 para gestionar los derechos de un grupo de autores que no ven ingresos de sus obras, que por ejemplo se representan en teatros. Según la Wikipedia, «los intermediarios abusaban frecuentemente de su posición dominante mediante contratos de exclusividad con las salas [de teatro] y ataban a los autores con adelantos a cuenta de obras futuras». A finales del siglo XIX, en España el 65% de hombres y el 85% de mujeres no sabían ni leer ni escribir. Por tanto, el Estado legisla para proteger a estos autores, una élite en la sociedad. Durante el siglo XX aparecieron nuevos intermediarios: las discográficas, las distribuidoras, radiofórmulas o las grandes superficies. 70 años después, con la llegada de las cintas de vídeo y los casetes, se introduce el concepto de canon, por el cual las sociedades de gestión de derechos pueden recaudar una compensación por las "copias privadas". Y en 2008 en España se pone en marcha el canon digital, por el cual estas sociedades recaudan por cada disco duro, CD, DVD virgen vendido. La SGAE ya no trabaja para oponerse a esos intermediarios abusivos. Debemos reflexionar, pues, si las premisas bajo las que se han ofrecido estos privilegios continúan vigentes hoy en día, si los autores están ciertamente en peligro de extinción.

110 años después de la fundación de la SGAE, del único analfabetismo del que se habla es del tecnológico. Gracias a la informática y a la Red, tanto los medios de producción de material audiovisual como la difusión de estas creaciones tienen un coste ridículo. Por tanto, la forma de organizar toda la producción creativa y su distribución está viviendo una revolución. Los escritores disponen de periódicos personales (blogs); los músicos, de discográficas personales (MySpace); los directores, de distribuidoras cinematográficas personales (YouTube); los fotógrafos, de salas de exposición personales (Flickr); los locutores, de radios personales (podcasts)...

El "coste" de esta digitalización es que se pierde la posibilidad de controlar la difusión de las obras: a pesar de los esfuerzos realizados para impedirla, una vez en soporte informático, la copia y difusión es trivial. A cambio, la escala de la audiencia potencial es infinitamente mayor que a través de los soportes físicos. En Internet están saliendo a la luz cantidades ingentes de información, opinión y obras artísticas que no tenían cabida en los circuitos tradicionales. Todas estas obras jamás vieron la luz hace 20 años por que no eran suficientemente populares o simplemente no contaban con el apoyo de un intermediario. La escritura, a través de los correos electrónicos y los SMSs, complementa a la voz para la comunicación diaria. Las cámaras fotográficas son ubicuas gracias a los teléfonos móviles.

La labor tradicional de los editores ha sido filtrar y pulir las obras. En Internet no existe el permiso previo antes de publicar, y por tanto, hay muchas creaciones de interés limitado: bien por su contexto, bien por su calidad. De hecho, podemos preguntarnos cuántas obras maestras han quedado olvidadas en los cajones de los editores, no por su falta de calidad, sino por no ser rentables. Algunos de los creadores intelectuales más revolucionarios de la Historia vivieron y murieron con la indiferencia de sus congéneres, incapaces de ser valorados. Popularidad, rentabilidad y calidad no deberían confundirse.

Por tanto, lo que está en peligro son una serie de negocios basados en la escasez o alto coste de los medios de producción, promoción y/o distribución. No existe evidencia alguna de que Internet ponga en peligro el talento de los fotógrafos, ni el de los escritores, ni el de los buenos directores de cine. Más bien existen evidencias de que Internet multiplica las audiencias y posibilita la interacción entre creadores y consumidores. Y, de hecho, en Internet no desaparecen por completo los intermediarios, pero sí los hace mucho más eficientes: Amazon, iTunes, Spotify, Google News, etc.

En una época en la que un porcentaje amplio de los ciudadanos somos creadores de obras intelectuales de algún tipo, es hora de repensar los privilegios concedidos en el pasado.

Para terminar me gustaría que nos mostraras tus dotes adivinatorias ¿cómo ves el panorama de aquí a diez años respecto a la industria e Internet en España?

Es muy complicado adivinar siquiera dónde vamos a estar dentro de dos años. La velocidad de los cambios tecnológicos es grande. Probablemente, la digitalización se haya diversificado a otros territorios todavía no explorados. En todo caso, me gusta pensar que el futuro lo podemos inventar. Y lo que las administraciones públicas tienen la obligación de hacer es, justamente, ofrecer oportunidades para que cualquier persona tenga la capacidad de inventar ese futuro, sin «discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social». Por ese futuro, no dejemos que rompan Internet.

Foto: Wicho

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