Casos como el de Barcelona, no han hecho más que mediatizar un hecho que va en aumento y que no para de preocuparme: la ultra derecha más violenta y despiadada está ahí fuera y tiene ganas de jugar, incluso con la vida de los que se le crucen por delante.

Ayer el que murió fue Carlos, un chico de 16 años que murió asesinado por un militar de ultraderecha, que iba camino de una manifestación racista. Lo mató de una puñalada en el corazón en pleno Metro de Madrid.

Dicha manifestación fue convocada por Democracia Nacional -un partido de ideología ultra-, estaba autorizada por la Delegación del Gobierno, a pesar de los evidentes tintes racistas de la misma. No es la primera de este tipo que se hace, con la debida autorización, a pesar de lo explícito de sus carteles...

No quiero evadir el derecho a manifestarse y a expresar su opinión, que tiene todo el mundo. Pero ¿qué hacemos cuando esa expresión agrede la moral e incita al odio y al racismo? Ayer el que murió fue Carlos, en pleno metro y al mediodía; otro día, quién sabe. Este parece ser un problema que se sale de las manos. Y eso, me preocupa. Nos preocupa.