España tiene un serio problema. A principios de este año, el barómetro del CIS lanzaba un titular preocupante: Dos de cada tres españoles no saben hablar ni escribir en inglés. No se trata de que vaya a favor de dicha lengua -seguro que sale el que siempre dice: "¿Y ellos por qué no aprenden español?"-, pero es que el estudio revelaba peores datos respecto a otros idiomas.

En esta país no interesa aprender otra lengua, y lo peor, muchas veces ello es motivo de orgullo. Ni siquiera los dinosaurios de la gestión empresarial son capaces de articular algo más que un yes o un very good. Y no voy más lejos: el presidente del gobierno, ni siquiera se ha preocupado por tomar unas clasecitas.

Pero eso no es todo. En medios se discrimina el propio español que viene del otro lado del charco, se los digo yo, que durante mucho tiempo traté de abrirme un hueco en la radio española. Parece que la audiencia puede ser alérgica al seseo que América nos dio. ¿Hasta qué punto llega dicho absurdo? Muy lejos:

El joven realizador mexicano Rigoberto Castañeda lucha por evitar que su filme Km 31, rodado en México y con una historia que se desarrolla enteramente en aquel país, sea doblado al “español de España” como pretende, dice, la coproductora y distribuidora Filmax.

En declaraciones antes del estreno londinense de Km 31, Castañeda señala que el argumento esgrimido por Filmax para “doblar” su película es que así se la “acerca más al público español”.

Hemos llegado a un punto horroroso, en el que el deplorable doblaje español -falto de gracia, sin matiz alguno- nos empieza a perseguir incluso en las películas hechas en nuestro propio idioma. Todo porque este país está lleno de gente que prefiere perderse mucho a cambio de no leerse unas letras, o de gente a la que no le parece cercano que algunos -cada vez más- digan saragosa o grasias.