La Iglesia Católica nunca lo admitirá explicitamente, pero hay un grave problema de pederastia dentro de la institución. Lejos de atacar el problema, muchas veces se encubre e inclusive se trata de olvidar el tema a golpe de talonario, tal y como pasó en la Archidiósesis de Los Angeles, que ha pagado 660 millones de dólares de indemnización para evitar un juicio por 508 demandas de abuso sexual.

Hay que plantearse donde está el límite entre el amor que promulga la iglesia católica, la perversión y la podredumbre que cada día sale más a flote. Sólo hay que escuchar testimonios como el de Rita Milla, víctima de los sacerdotes pederastas de Los Angeles:

Los abusos empezaron cuando tenía 16 años. Vivía aquí, en California. Fue con un sacerdote que luego invitó a otros para que abusaran de mí también. Lo hicieron siete sacerdotes. No terminó hasta que yo tuve 20 años y quedé embarazada de uno de ellos. Para esconder lo que habían estado haciendo me mandaron a las Islas Filipinas para tener allí a mi niña, dejarla allá y regresar como si nada hubiera pasado [...] El sacerdote me hizo prometer que no se lo dijera a nadie. Una vez se lo dije a una profesora, ella se lo dijo a él y se enojó mucho. Me dijo que iba a echar a perder su vida si se enteraba la policía, que tendría muchos problemas. Me sentí mal, como si fuera mi culpa si algo le pasara a él.

La justicia -la de verdad, no la divina- debe empezar a actuar cuanto antes, y parece que poco a poco se avanza en ese camino: la semana pasada el Tribunal Supremo condenó al Arzobispado de Madrid como responsable civil subsidiario por un caso de abuso sexual a un menor. En el año 2006 se emitió un reportaje que da seguimiento a estos casos, y desvela cómo desde el mismo Vaticano, se trata de tapar y entorpecer las investigaciones de lo que sí es una desviación en sus sacerdotes.