¿Alguna vez te has sentido como si todos tus triunfos no te pertenecieran, como si, en cualquier momento, fueran a desenmascararte y a descubrir que eres tan sólo una estafa? Muchas personas, en especial mujeres, se sienten así de manera constante, y esto les impide disfrutar de sus éxitos y aspirar a cosas mayores. Se estimó en los años ochenta que dos de cada cinco personas exitosas se consideran a sí mismos fraudes.

El término "síndrome del impostor" fue acuñado en 1978 para describir a personas que, a pesar de tener un perfil de éxito, experimentaban dificultades para internalizar estos logros, y un miedo persistente de ser expuestos como "fraudes". El término apareció por primera vez en un artículo escrito por Pauline R. Clance y Suzanne A. Imes, quienes observaron que una cantidad importante de mujeres exitosas tendían a creer que no eran inteligentes, y que las otras personas las sobreestimaban.

Muchísimas personas reconocidas públicamente como exitosas han manifestado haber sido víctimas del síndrome del impostor, como Tina Fey, Michelle Pfeiffer, Maya Angelou, Kate Winslet. En 2013, Emma Watson declaró haber sufrido de síndrome del impostor luego de terminar las películas de Harry Potter:

Sólo me digo: "En cualquier momento, alguien va a descubrir que soy un fraude total. No es posible satisfacer las expectativas de lo que todo el mundo piensa que soy".

Contra cualquier evidencia, quienes padecen el síndrome se convencen a sí mismos de que no son merecedores del éxito que han obtenido, atribuyéndoselo a factores como la suerte, o concluyendo que es el resultado de que otras personas creen que son más competentes de lo que realmente son. Si bien los hombres también pueden experimentar síndrome del impostor, diversos estudios sugieren que éste es particularmente común entre las mujeres, en especial entre mujeres exitosas.

El síndrome del impostor no se considera un transtorno mental y ha sido tradicionalmente percibido como un rasgo de personalidad, sin embargo, en años más recientes ha sido estudiado como una reacción a ciertas situaciones, es decir, como un patrón de comportamiento, que por ende podría ser corregido con terapia.

Entre otras consecuencias, el síndrome del impostor puede ocasionar que las personas que lo sufren trabajen con más intensidad, para evitar ser "descubiertos": la persona tenderá a sentir que tiene que prepararse de más y obsesionarse con los detalles, lo que puede llevar al patrón conocido como burnout o síndrome del quemado, y a problemas del sueño. Estas personas también tienden a buscar el reconocimiento y la aprobación de terceros, a pesar de que cuando lo obtienen, sienten que éste está basado en otras causas (suerte, amabilidad) y no en sus capacidades. Por último, las personas que sufren de este síndrome tienden a evitar mostrar ninguna confianza en sus habilidades, y tienen problemas aceptando halagos o cumplidos.

Si no es atendido, quienes sufren de este trastorno pueden llegar a desarrollar una serie de consecuencias, que van desde estrés y ansiedad hasta depresión grave. Sin embargo, existen una serie de estrategias para abordarlo. La más frecuente consiste en hablar abiertamente del tema con otras personas que se encuentren en el mismo ámbito profesional, por ejemplo figuras de mentores, ya que la mayoría de las personas que se sienten de esta manera no están conscientes de que otras personas también experimentan la misma sensación.

Otras estrategias que se recomiendan consisten en hacer una lista de logros y de ejemplos en los que se haya salido exitoso de distintas situaciones, y construir una red de apoyo que sea capaz de proporcionar realimentación en torno a nuestro desempeño, formada por personas en cuya opinión podamos confiar.

Cambiar la forma en la que nos expresamos y dejar de atribuir nuestros éxitos a la suerte o a otros factores puede ser de gran ayuda. Eventualmente, la sensación de ser impostores puede ser vencida, y sólo esto nos permitirá seguir adelante, recuperar nuestra confianza y atrevernos a intentar cosas cada vez más grandes.

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